Profeta y místico para nuestro tiempo

Nace el 20 de mayo de 1789, en un pueblito de Marlhes, en Francia.
Me bautizaron al día siguiente. Durante mi niñez, el ejemplo de mi papá y de mi mamá, fueron de gran importancia para toda mi vida. Vivía con nosotros mi tía Luisa; entre mi mamá y ella me enseñaron las primeras letras y lo esencial para mi primera comunión, que hice a los once años. De ella aprendí el amor a la Virgen María.
Un día nos visitó un sacerdote y me dijo “Dios quiere que seas sacerdote…”, yo lo pensé y mi respuesta fue: “Seré sacerdote, puesto que Dios lo quiere”. Meses después fui al Seminario.
Fue una época de fuerte estudio y oración, estando allá murió mi mamá. Lo sentí mucho y me puse más y más en manos de la Santísima Virgen.
El 22 de julio de 1816 fui ordenado, ya era sacerdote para siempre. Al día siguiente, junto con otros compañeros, me fui a consagrar a la Santísima Virgen en su Santuario. Todo lo haría con Ella y como Ella. Poco después me enviaron a un pequeño pueblo llamado La Valla, como ayudante del Párroco. De inmediato empecé a trabajar en favor del Catecismo de los niños y de la escuela, en las visitas a los enfermos, en propagar la devoción al Santísimo Sacramento y a la Santísima Virgen.
Al asistir a Juan Bautista Montagne, un joven moribundo que no conocía la existencia de Dios y no sabía rezar, Dios me inspiró que debía fundar la Congregación de los Hermanos Maristas, para catequizar y educar a niños y jóvenes.
A mi muerte, el sábado 6 de junio de 1840, había cumplido 51 años. Fue un día consagrado a la Buena Madre. Al morir, había 214 hermanos maristas y 48 colegios.
Hoy la obra marista está presente en los cinco continentes, en lugares donde hace falta ayudar, educar, amar… como Dios lo quiere.