La historia de Marcelino es un ejemplo del poder renovador de la acción de Dios en la historia de los hombres. Creemos que recibió un carisma, un don espiritual único, dado a través de él a toda la Iglesia en servicio a la Humanidad. Fue inspirado por el Espíritu Santo para descubrir una nueva forma de vivir el Evangelio como respuesta concreta a las necesidades espirituales y sociales de los jóvenes en un tiempo de crisis. Nosotros vemos confirmada la vigencia de este carisma en la fuerza con que ha venido inspirando a generaciones de discípulos, incluyendo la nuestra.
El carisma marista que hemos heredado de Marcelino nos hace vivir el amor que Jesús y María tienen a cada uno personalmente, nos lleva a sentirnos receptivos y sensibles ante las necesidades de nuestro tiempo, y a profesar un sincero amor a los jóvenes, especialmente a los que más lo necesitan.
Los que compartimos la misión marista estamos invitados a comprometernos libre y generosamente con el mismo carisma, ya sea en calidad de religiosos consagrados, o como laicos(as) célibes o laicos(as) casados(as), cualquiera que sea nuestra situación o cultura. Vivimos el carisma de maneras diferentes pero complementarias. Juntos somos testigos de una unidad de historia, de espiritualidad, confianza mutua y empeño común.
Los que somos Laicos Maristas ofrecemos nuestras propias cualidades individuales así como los frutos de nuestro compromiso personal, nuestra profesionalidad y la experiencia que tenemos de las circunstancias ordinarias de la vida familiar y social. Como cristianos, testimoniamos a través de nuestras vidas personales la posibilidad de encontrar en Jesucristo el significado último de la vida y de vivir según el Evangelio.
Los que somos Hermanos Maristas, además de brindar nuestras cualidades personales, contribuimos con los dones que provienen del carácter profético de nuestras vidas de consagrados: nuestro testimonio religioso, nuestra rica formación en el carisma de Champagnat, el sentido de acogida de nuestras comunidades, y nuestro patrimonio humano y material. Aportamos nuestra disponibilidad para dedicarnos plenamente y con audacia a la tarea apostólica, y para ir donde sea necesario.
Nos inspiramos unos a otros para crecer en fidelidad al carisma, descubriendo nuevos aspectos en su riqueza espiritual y en su dinamismo para el apostolado. Las mujeres que están entre nosotros aportan una perspectiva nueva y facetas distintas del carisma de Marcelino y lo que significa para nosotros hoy.